sábado, 7 de abril de 2012

EL INCENDIO DE BERA POR LOS FRANCESES Y EL SEÑOR DE ALTZATE EN 1638 SEGÚN MORET.



El historiador Joseph de Moret, cronista de Navarra desde 1654, cuenta en su obra Empeños del Valor y Bizarros Desempeños o Sitio de Fuenterrabía (Pamplona, 1763, pp. 61-63) el ataque de los franceses a Bera y el incendio posterior en 1638 en el contexto de la guerra entre la monarquía francesa y la monarquía española. Su relato es el siguiente:

“En todas partes empezaban la guerra los Franceses con buen pie; porque casi a la misma hora, en que rechazando a los Españoles defendieron a Pasages, con igual felicidad sitiaron, y cogieron a Vera, que es un Lugar, que está dentro de los límites de Navarra. No está bien aberiguado, si los Franceses hicieron esta intentona con mayores humos de pasar adelante las armas, y de guarnezer dentro del Reyno de Navarra algún lugar, para distraer así la guerra, porque saqueando, y pegando fuego, lo desampararon luego. Por más verosímil se tiene, o que extendiendo el terror con estas embestidas, pensaron, que las tropas auxiliares de Navarra se detendrían por el mal, que en casa amenazaba; o que habiendo de pasar allá (porque por Vera es el camino más breve) quisieron incomodarles este alojamiento: o finalmente con esto tiraron a facilitar los comboyes para sus Reales en lo de Fuenterrabía; porque Vera, que no dista de Fuenterrabía, sino unas onze millas, y está a la otra parte del río Vidasoa, domina al campo de Labort, muy a propósito para escaramuzas, y por donde se transportaban todas las cosas necesarias a los Reales: fuera de que los que guerrean, hacen cuanto hay que hacer, con esparzir la guerra por todas partes, arrasar las tierras cercanas, y aumentar al enemigo los daños. El día, pues, diez y seis de Julio juntando el Duque de San Simón seis mil infantes, y quinientos Caballos de la tropa, que dije habían puesto los Franceses en los confines de Navarra al principio de la guerra, acompañado del Marqués de Rocalao, del de Puyana, del Señor de Ortubia [también señor de Altzate, en la misma Bera], y otros Nobles, dividiendo el exercito en dos columnas, embistió a Vera. Para rechazar tan vigorosa invasión, de todos modos estaba Vera sin fuerzas. Lo que es el Lugar tiene las casas contiguas, y unidas entre sí, de suerte, que se puede hacer cincunvalación en él; pero los caseríos, que son muchos, están separados, y muy distantes uno de otro, al modo que los habitadores de tierras de montaña los suelen edificar en los parages, que se extiende alguna llanura, y convida el campo al cultivo. Solo el Lugar dizen, que es de doscientos vezinos, que reciben el pasto espiritual en sola una Parrochia. A todo el partido de las cinco Villas, en cuyo número entra Vera, defendía Don Fermín de Andueza, pero con poca gente; repartida ésta en muchos Lugares: y aún no le habían acudido de Pamplona socorros mayores. Solo eran trescientos hombres de tropa repartidos en tres estandartes. Otro tanto sería el número de los habitadores, gente buena para la guerra tanto por su continuo manejo de armas contra los comarcanos, como porque el huir era a costa de sus bienes. Y de aquí nació la discordia de sus dictámenes, al acercarse el enemigo. Como Andueza estaba prevenido por el de Vélez, y Redín, de que guardase el Puente, y estorvase a los Franceses el paso del río, reputaba esta diligencia por principal, y casi única. Pero los Paysanos, los más de los quales viven a la otra parte del río, llevaban a mal el dexar sus casas a discreción del enemigo, y más con ferocidad, que con cordura clamaban, que se debía probar fortuna con las armas: y como este género de gente es tropa menos obediente, y más libre, sin esperar orden ninguna, cogieron las armas, y saliéndose del Lugar, no pararon asta hacer rostro al enemigo, que ya había pasado los límites del Reyno: y emprendiendo frequentemente algunas leves escaramuzas, en donde el camino estaba más áspero, y encontraban comodidad en alguna selva cercana; retardaron sí la marcha del enemigo, pero no se la imposibilitaron. En uno de estos ataques hizo un muchacho de Vera una cosa grande, y superior a su edad; quien habiendo acompañado a su Padre con armas nada proporcionadas para pelear, poniéndose cara a cara del Esquadrón Francés en la entrada de un bosque, habiendo reparado en el porte de un Ayudate mayor, disparó una escopeta, y lo mató de un balazo, lo que hizo a los Franceses prorrumpir en un clamoroso alarido. La tropa arreglada a instancias del Gobernador acudió al Puente: y aunque el Capitán Don Martín Bayo, Caballero de la Orden de Malta, había encaminado ya hacia el enemigo los soldados de su Compañía armados, y puestos en orden; se retiró en cumplimiento de la orden del Gobernador. Flacos de fuerzas los naturales, aunque acometiendo frequentemente a los costados, y a la vanguardia, pero retirándose inmediatamente, porque no los atajase la Caballería; finalmente fueron rechazados asta el Puente. Quedando de este modo indefenso el Lugar, apoderado de los Franceses, arrasaron a hierro, y fuego todo lo que está a la otra parte del río Vidasoa. Al Templo tuvieron respeto. Hubo también turbación en el Lugar de Lesaca, aunque está a la parte de acá del río, y dieron fuego a una grande porción de trigo, porque no viniese a poder del Francés, a quien publicaba vencedor los incendios de todos los Caseríos al contorno. Probaron también embestir a la otra parte del río; pero con muerte de un Capitán de Caballería fueron al punto rechazados del paso del Puente, que estaba presidiado. Luego baxaron a tentar el vado; pero como el río por ambos costados está estrechado con pendientes ripas, no permitía vadearse; y si por alguna parte se podía hacer con alguna contingencia, y estaba más fácil la entrada, los hacían retirar con mucho daño las descargas de los Paysanos, que mezclados con la Tropa estaban en un alto. Intentado en vano por el Enemigo el pasar el río, habiéndose mantenido quatro horas dentro del Lugar, saqueándolo, y pegándole fuego; se retiró, y llevó todas las tropas al Lugar de Sara, que es el más cercano de Francia. Y advirtiendo los Paysanos su retirada, furiosos por el saqueo, e incendio de sus Caseríos, salieron detrás: y alcanzando por atajos a la retaguardia, no obstante que se había alexado mucho, rindiendo la vida a su furor quince Franceses, heridos algunos, y obligando a los demás a una desordenada huída, y recobrando además de eso un barril de pólvora, que se había cogido entre el botín del Lugar, volvieron con tal qual satisfacción de sus menoscabos. Quando llegó a Pamplona la noticia de esta invasión, entresacando el Maestre de Campo General Redín a toda priesa gruesas guarniciones, y cogiendo de paso armados a los habitadores de tierra de Pamplona, y de los valles de Ulzama, y Santesteban, acudió prontamente a Vera, pero desvanecida la ocasión de una batalla, que parece se iba disponiendo, porque apenas hizo su deber el Enemigo, se retiró aceleradamente; guarneció para en adelante con más seguridad aquellos parages. Antes que éste llegase, fueron también retentados los de Echalar, que igualmente están a la otra parte del río: y por medio de un Trompeta les mandaron los Franceses la rendición con amenazas de que, si no venían en ello, los arrasarían a hierro, y fuego. Pero aunque flacos de fuerzas los de Echalar, ni por las amenazas de los Franceses, ni por el reciente estrago de sus compañeros afloxaron un punto de su constancia. Armados delante de la puerta de la Iglesia respondieron, que más, que todo, apreciaban la lealtad; y que, una vez que Redín había de abrasar el Lugar, si se entregasen; más conveniencia les tenía probar por leales la fortuna de la guerra, que perecer por cobardes con una ruina inevitable. Y, o sea que por el arrojo de la respuesta rezelaron mayores fuerzas, o sea que los contubo la fama, que había corrido de la venida de Redín, no pasaron adelante con las armas. Viendo a los de Vera despojados de sus bienes por el destrozo de el Enemigo, los admitió luego el de Vélez en el servicio, y fueron de grande utilidad en todo el tiempo del asedio [de Fuenterrabía]: pues furiosos siempre con el implacable rencor de su ruina executaron contra el Enemigo todo quanto puede inspirar una cólera a los que se hallan en la última infelicidad, y ven, que no les puede venir mal alguno, que ya no le tengan; ya haciendo de noche frequentes embestidas al campo Francés, ya cansándolos, con tenerlos desvelados continuamente en lo más ruidoso de la guerra; ya finalmente con varios pillages; porque pasaron de ciento los caballos, que les cogieron”.

Fernando Mikelarena

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